Disciplina y estrategia

LA DISCIPLINA NO ES REPETIR EL MISMO CAMINO

Una estrategia puede indicarnos hacia dónde queremos ir, pero no siempre puede decirnos cuál será el camino. La disciplina aparece cuando toca sostener ese rumbo, revisar lo que ocurre y seguir aplicando lo necesario incluso cuando los resultados todavía no llegan.

Quizá ser disciplinado no consiste en hacer siempre lo mismo. Quizá consiste en saber hacia dónde quieres ir y tener la constancia suficiente para seguir avanzando, incluso cuando toca cambiar de camino.

Disciplina y estrategia

La disciplina es la gasolina de la estrategia.

Leí esta frase hace unos días en Los 12 pilares de la filosofía y se me quedó dando vueltas.

Quizá porque últimamente estoy intentando entender qué significa realmente la disciplina en mi día a día.

No en el sentido de hacer muchas cosas.

Ni de levantarse cada mañana con una lista perfecta y cumplirla de principio a fin.

Para mí, ahora mismo, disciplina tiene más que ver con mantener aquellas cosas que sé que me acercan a donde quiero estar.

Publicar en LinkedIn.

Explorar nuevas oportunidades.

Hacer deporte.

Leer una página cada mañana.

Seguir aprendiendo.

No siempre lo consigo.

Hay días en los que una rutina se rompe o simplemente no me apetece hacer nada.

Pero quizá la disciplina tampoco consista en hacerlo todo perfecto.

Quizá tenga más que ver con volver a empezar al día siguiente.

Cuando una estrategia no da resultados

Una estrategia puede estar muy bien pensada.

Puedes estudiar lo que necesitas, analizar opciones, definir un camino y tomar decisiones con criterio.

Pero una estrategia no es un manual de instrucciones.

No existe una fórmula que garantice que, si haces A, B y C, vas a conseguir exactamente el resultado que esperabas.

Y ahí es donde empieza la parte difícil.

¿Qué haces cuando estás haciendo cosas que tienen sentido, pero los resultados todavía no llegan?

Esta pregunta me acompaña bastante últimamente.

Especialmente en esta etapa de cambio profesional.

He actualizado mi CV.

He construido mi web desde cero.

He enviado autocandidaturas.

He adaptado textos.

He cambiado el tipo de oportunidades que busco.

He seguido formándome.

He intentado mantenerme activa en LinkedIn.

Y, aun así, hay días en los que no pasa nada.

No llega esa llamada.

No aparece esa oportunidad.

Las entrevistas que sí llegan no terminan convirtiéndose en un proyecto.

Y entonces aparece la duda.

¿Estoy enfocando bien?

¿Debería buscar en otra dirección?

¿Estoy siendo demasiado exigente?

¿Debería cambiar algo más?

La disciplina también convive con la duda

Creo que esta es una de las partes de la disciplina de las que menos hablamos.

Porque es fácil hablar de constancia cuando puedes ver que estás avanzando.

Lo complicado es mantenerla cuando no tienes ninguna señal que te confirme que vas por el buen camino.

Hay días en los que mi cabeza entra en bucle.

Otros en los que pienso: a la mierda, hoy no hago nada.

Cierro el ordenador.

Intento distraerme.

Y, a veces, después aparece incluso el sentimiento de culpa por no haber sido productiva.

Supongo que también estoy aprendiendo que eso forma parte del proceso.

No todos los días tienen que producir algo visible.

Y parar un día no significa haber abandonado el objetivo.

Cambiar el rumbo no significa abandonar la estrategia

Hay otra cosa que cada vez tengo más clara.

Una estrategia también sirve para detectar cuándo algo no está funcionando.

Si llevas tiempo haciendo algo y los resultados no aparecen, quizá no se trate de insistir más.

Quizá toque revisar.

Cambiar el enfoque.

Probar otra vía.

Mirar el problema desde otro lugar.

Eso no es falta de disciplina.

Es parte de la propia estrategia.

La disciplina aparece después.

En seguir aplicando lo que has decidido una vez que cambias el rumbo.

Porque cambiar de dirección también implica volver a empezar.

Adaptar lo que haces.

Aprender de nuevo.

Mantener el esfuerzo sin saber todavía si esta vez funcionará.

Y ahí es donde creo que la disciplina cobra realmente sentido.

No consiste en hacer siempre lo mismo.

Pero tampoco consiste en cambiar constantemente de dirección.

Consiste en seguir haciendo lo que necesita ese nuevo camino, incluso cuando todavía no sabes adónde te va a llevar.

No siempre avanzar significa hacer más

Esto también estoy intentando aprenderlo.

Hay días en los que tengo muchísimas ganas de hacer cosas.

De avanzar.

De sentir que estoy aprovechando el tiempo.

Y puedo acabar intentando hacer en un día todo lo que no he hecho en varios.

Pero mantener una dirección durante meses requiere algo diferente.

No se trata de hacer más.

Se trata de poder volver al camino al día siguiente.

Quizá la disciplina tenga menos que ver con exigirse constantemente y más con construir una forma de avanzar que podamos sostener.

La estrategia marca el rumbo

Por eso aquella frase se me quedó dando vueltas.

La disciplina es la gasolina de la estrategia.

Cada vez la entiendo menos como una cuestión de fuerza de voluntad y más como una forma de sostener una dirección.

La estrategia observa.

Detecta.

Decide.

La disciplina ejecuta.

Sostiene.

Permite seguir.

Y cuando algo deja de funcionar, la estrategia vuelve a entrar en juego.

Quizá por eso ambas necesitan trabajar juntas.

Porque una estrategia sin disciplina puede quedarse en una buena idea.

Y la disciplina sin estrategia puede convertirse simplemente en insistir sin saber por qué.

Todavía no sé cuándo aparecerá ese proyecto profesional que estoy buscando.

Y mentiría si dijera que no me preocupa.

Me preocupa.

Hay días en los que me gustaría tener una respuesta, una fecha o alguna señal que me dijera que todo este esfuerzo va a servir para algo.

Pero quizá parte del proceso consiste precisamente en avanzar sin tener esa certeza.

Mantener claro hacia dónde quieres ir, observar lo que ocurre y tener la disciplina suficiente para seguir avanzando cuando toque cambiar el camino.

No hago más marketing.

Hago que tenga sentido y funcione.

Si necesitas eso en tu equipo, hablemos.

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